sábado, 22 de marzo de 2008

¿Solo un bombardeo?

Hace 70 años, el 26 de abril de 1937, Gernika fue objeto de un durísimo bombardeo, que no sólo es el hecho más conocido de la Guerra Civil en el País Vasco, sino también un objeto de controversia y un símbolo a nivel mundial. La polémica que siguió al terrible bombardeo, al negar Franco su existencia, provocó una batalla informativa, propagandística, historiográfica y política, algunos de cuyos ecos perviven todavía. Desde el punto de vista historiográfico, a pesar de que la versión franquista fue definitivamente abandonada unas décadas después de la guerra, muchos historiadores siguieron enzarzados en una agria polémica. En la actualidad, ésta puede considerarse superada, pues hay consenso en los datos básicos del acontecimiento: aviones alemanes e italianos bombardearon durante unas tres horas, aunque de forma intermitente, la villa de Gernika, que estaba próxima al frente y, por tanto, era un posible objetivo militar, según la lógica de la guerra. La ciudad quedó casi destruida, pues el 70% de sus edificios fueron afectados, aunque no fue dañada la Casa de Juntas ni el histórico árbol. Además, algunos aviones ametrallaron a la población.

Sin embargo, quedan aún por aclarar algunos datos, que quizá nunca será posible conocer con certeza mientras no aparezcan nuevas fuentes. Así sucede con el número exacto de muertos, el máximo responsable directo de la orden de ataque (cuya responsabilidad política, en cualquier caso, corresponde a Franco y a sus altos mandos) y la finalidad del bombardeo. Respecto al número de fallecidos, el Gobierno vasco dio la cifra de 1.654, que el documental propagandístico ‘Guernika’ (1937) incrementó hasta 3.000. Por el contrario, algunos historiadores franquistas llegaron a reducir la cifra a 12. Quizás sea la necesidad de alejarse lo más posible de estos exiguos números lo que ha llevado a algunos a aceptar las diversas cifras exageradas por la propaganda republicana. Por ejemplo, el diario ‘El País’, con motivo del 60 aniversario del bombardeo, hablaba en 1997 de 2.000 muertos; el historiador Julián Casanova, en un libro publicado en 2001, de 1.500; Julio Medem, en ‘La pelota vasca. La piel contra la piedra’ (2003), de 654. Tras un concienzudo análisis, el grupo de historia local Gernikazarra ha identificado a 122 fallecidos. Dado que lógicamente debió haber también desaparecidos sin identificar, todo indica que el número de muertos superaría los 150, sin que sea posible saberlo con exactitud. Se trata en cualquier caso de una cifra inferior a las más de 300 víctimas mortales del bombardeo de Durango, producido el 31 de marzo de 1937, unas semanas antes que el de Gernika. Así, la cifra menor de la villa foral se explica precisamente porque ésta, dada su cercanía al frente, había tenido tiempo para aprender de la experiencia de Durango y estaba preparada para posibles ataques.

En cuanto al propósito del ‘raid’, éste podría ser tanto atacar un objetivo militar por motivos estratégicos como aterrorizar a la población civil, bombardeando una villa simbólica vasca y tratando así de acelerar la rendición de Bilbao. Sin embargo, no hay ni un solo indicio documental de que la Legión Cóndor -que estaría tratando de probar la estrategia de guerra aérea destructiva que se llevó a cabo en la II Guerra Mundial- tuviera un especial interés en bombardear Gernika por ser ‘la ciudad santa de los vascos’. Por ello, exigir, como hizo hace dos días el Gobierno vasco, que el Gobierno español pida «perdón por todos los crímenes cometidos en el nombre de España», ya que «los motivos del bombardeo fueron de índole ejemplarizante y experimental, contra Gernika y el pueblo vasco por su resistencia al fascismo», no tiene sentido históricamente porque el Gobierno español legítimo en la Guerra Civil era el republicano. De esta forma, el actual Gobierno vasco sigue manteniendo la interpretación nacionalista de 1937, según la cual el bombardeo habría sido un ataque a las libertades vascas, imagen de la resistencia vasca contra la opresión exterior, uniendo la mitificación de los Fueros, simbolizados por el árbol de Gernika, con su visión de la guerra como un enfrentamiento entre Euskadi y España.

También el nacionalismo radical sigue realizando una peculiar interpretación del bombardeo. Así, Arnaldo Otegi, coordinador de Batasuna, declaraba en abril de 2002: «Los nazis y los franquistas, los que todavía gobiernan en el Estado español, destruyeron Gernika porque era el símbolo de las libertades vascas. Hoy quieren destruir la izquierda abertzale ( ). Entonces no pudieron destruir el árbol y hoy tampoco van a poder destruir a la izquierda abertzale». Sin embargo, no han sido sólo los nacionalistas vascos quienes han contribuido a cierta mitificación de este bombardeo, mucho más conocido que el de Durango, a pesar de sus similares características. Por ejemplo, desde las antípodas ideológicas de Otegi, Fernando Savater acusaba en las mismas fechas a Batasuna de ser «pariente ideológico del fascismo que bombardeó Guernica» y «herederos de la Legión Cóndor». Incluso con motivo del ataque de la OTAN contra la Yugoslavia de Milosevic, en la primavera de 1999, el ministro yugoslavo de Información declaró que Belgrado era «la Gernika de los Balcanes».

¿A qué se debe que el ataque a Gernika siga siendo no sólo conocido a nivel mundial, sino incluso reinterpretado y utilizado por unos y otros? Sin duda no es debido a los datos objetivos del bombardeo, que ni siquiera fue el primer ‘raid’ masivo contra una localidad. En mi opinión, dejando aparte la crueldad real del bombardeo, Gernika se convirtió en un símbolo de la brutalidad de la guerra y del terror del fascismo por el carácter simbólico de la villa -previamente convertida en icono de la libertad vasca, en sus diversas versiones (fuerista, nacionalista, etcétera)-, porque Franco negó de plano la autoría de la destrucción, atribuyéndola a un supuesto incendio provocado por los combatientes del bando republicano -como había sucedido en septiembre de 1936 en Irún- y sobre todo por el cuadro de Picasso. Probablemente, si Franco hubiera reconocido el bombardeo como parte de una estricta estrategia militar, no se habría producido la polémica que siguió al 26 de abril, magnificada por los medios de comunicación, entre los que tuvo especial trascendencia la figura del periodista sudafricano George L. Steer, que sin embargo ni siquiera estaba en Gernika el día del ataque. Posiblemente tampoco Picasso habría decidido dar el nombre de la villa foral al cuadro que estaba proyectando para el pabellón de la República española en la Exposición de París, al que significativamente el PNV no tuvo ningún aprecio hasta muchas décadas después, considerándolo ajeno a su mundo y a su interpretación de la Guerra Civil en Euskadi.

En medio de este panorama, no es extraño que, a los 70 años del bombardeo, siga costando que las investigaciones historiográficas serias lleguen a conformar el imaginario colectivo sobre Gernika. Y es que su carácter simbólico puede y debe ayudarnos a reflexionar y a combatir los horrores de la guerra y de la violencia, pero no debe hacernos olvidar que lo que se produjo ese 26 de abril fue un hecho histórico, con unos contornos precisos, que no conviene manipular al antojo de cada cual, a no ser que queramos que la memoria histórica se convierta en un arma de combate política.

GARA